En su cumpleaños, el pequeño Jacobo salió de la tienda de cotillón cargando una piñata. A cada paso, la piñata se volvía más ligera y compacta y él más alto y grueso. De pronto ya no la cargaba, flotaba. Y podía mirar al frente. Cuando llegó a casa, se miró al espejo. El reflejo adivinaba una sonrisa bajo su barba. Colgó la piñata, la descascaró como huevo cocido y cayó de ella el pequeño Jacobo. “¡Ándate! ¡Es mi cumpleaños!”, gritó el niño. “No, es nuestro cumpleaños -estableció-. Tu juega. Yo me encargo de ahora en adelante”, respondió el Jacobo adulto.
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