Leyó el último mensaje: "No me llames. Nunca". Él integró el rechazo con tanta carne que se le imposibilitó llamarla. Cuando le preguntan por ella, se le deshace el nombre en la boca y balbucea y saliva, como quien recibió un golpe en la cabeza o el corazón. Simplemente, no puede llamarla.
Y se le aleja, y él cierra los ojos, la invoca en el recuerdo para que vuelva esa sonrisa: solo aparece una hoja en blanco. Allí, intenta visualizar el nombre de ella hasta transpirar, hasta rendirse. Entonces la mano, sobre su propia boca, escribe Nunca, Nadie, Nada. No.

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