jueves, 23 de enero de 2020

Lo mismo pero al revés

A pesar de la orden de alejamiento, Daniel volvía. Campaba a sus anchas. Siendo victimario, se victimizaba cuando intentaban echarlo. Pataleaba, amenazaba. Y si se iba, volvía. Otra vez. Como un tarado, un obseso, como un tumor que crece mientras se extirpa.

Ciertamente pudo pagar con cárcel sus múltiples desacatos pero el juez, que ante todo tiene un inmenso corazón de abuelita, prefirió modificar la sentencia: ya que tanto le gustaba, le permitió a Daniel vivir en esa casa. Eso sí, imposibilitado de dar un paso afuera sin importar qué. Vivir hasta morir en ella. Condenado. Y para siempre solo.

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