He consumido material sobre espiritualidad, cuántica, metafísica, conciencia extracorpórea... Y si algo entendí, creo, es lo fácil que es vomitar ese montón de información cuando la muerte deja de ser una sombra y te echa abajo, sin aviso, una casucha de adobe que yo creía una torre que tocaba el cielo.
Hoy, miércoles, el plan era acompañarla al doctor. Tras mucho abandonarse, adquirió la convicción inquebrantable de sanar. Había dejado de fumar. Quería vivir. Vivir. Y su risa y sonrisas lo corroboraban.
Pero ayer, martes, la estaba acompañando en su cortejo fúnebre.
Su ausencia es el certificado de un Adiós que pesa, pisa, pausa y deja un poso. Me pesa más que toda la literatura mística esperanzadora que se ha elaborado desde el amanecer de los tiempos.
Siempre me celebró que fuese escritor, aunque más le hubiese gustado que profesionalizara mi habilidad como dibujante. Pero más, mucho más, le gustaban los abrazos: porque sí, porque estábamos ahí y ahora. ¡Y cuánto deseaba darle techo, comida y cariño a cada perro y gato que veía en la calle! (con cinco canes y una menina en casa). Los quería salvar a todos, tal como me salvó en mi infancia. La veía soltar una lagrimita por esos animales, y sentía su pequeñez; esa que carga toda alma en viaje con escala en la Tierra. Pero usted para mí ya era una heroína secreta. No tenía los medios, pero amaba sin medida.
No sé cómo estoy estructurando este texto, no sé cómo estoy racionalizándolo. Estoy en shock. No sé qué hago aquí, en un mundo que ya no nos sostiene a ambos a la par. Por favor, llévese con usted la vereda por donde caminaba, el cableado eléctrico, los árboles, sus sombras, las hojas sueltas, todo el triste otoño concentrado en esas cuadras. Llévese el sol, la luna, que estarán como yo preguntándose dónde anda la que endulzaba el día y la noche con sus ojos color miel… Mientras yo cierro los míos.
Un abrazo te saca de la mente y te hace habitar el cuerpo. El mío quiere desmoronarse. Llorar como niño que perdió a su mamita —como me pasó una vez en el supermercado— y correr, encontrarla, tomar su mano y decirle: "Tuve una pesadilla: soñé que era adulto y la vida se ponía fea".
Ese domingo 17 de mayo, antes de usted partir a algún hospital para no volver, debí habérselo dicho ahí mismo, no en un funeral. De cara, no separados por una caja:
Mamá, la amo. A donde sea que vaya, cuídese. Y nos vemos pronto

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