"¡¿Quién xuxa tomó mis cigarros?!". La familia no supo qué decir. La mujer corrió muebles, vació cajones, barrió donde nunca había barrido. "¡Hablen, weones!". Golpeó paredes, secó sus lágrimas y se tomó el pecho: "Si me da un paro, quedará en sus conciencias". Luego: "¿Escucharon? Son las trompetas del Apocalipsis. ¡Un pucho, rápido!". Y se tiró por la ventana al jardín. Sus familiares fueron a socorrerla, y Alma, mirando al cielo, entre risas, remató: "Llevo un mes y un día sin el vicio, y así me imaginaba que lo iba a vivir. ¿No les da gusto que fue al contrario?".
Qué forma más original (y peligrosa) de combatir el vicio, je, je.
ResponderBorrarUn abrazo.
Qué buen retrato del desvarío que provoca la abstinencia, Julio David. La escena avanza entre humor, caos y un fondo de ternura que estalla en ese final inesperado, donde la protagonista se ríe de sí misma y de su propio drama. Es un microrelato que respira ritmo y picardía.
ResponderBorrarUn fuerte abrazo, Julio David.
Alma tendra que elegir entre el vicio y el siquiatra, y lo se si sera mejor directamente el vicio?
ResponderBorrarAnrazooo
Contenta por un final original.
ResponderBorrarUn abrazo.
Si sigue así será abstinencia por toda la eternidad
ResponderBorrarPaz
Isaac
Saber admitir o vício pode ser meio caminho andado para se libertar dele.
ResponderBorrarBom fim de semena.
Abraço de amizade.
Juvenal Nunes
Jajaja, buenísimo caso de abstinencia.
ResponderBorrarUn abrazo grande.
Admitir que se tiene un problema es el primer paso. No sé cuál será el segundo porque yo no tengo ninguno...
ResponderBorrarSaludos,
J.
Tiene carácter eh... poca broma con ella.
ResponderBorrarSaludos.
Es que hay vicios difíciles de abandonar..., círculo vicioso.
ResponderBorrarAbrazos
Ufff... Complicado para la familia! Jeje
ResponderBorrar