El otoño había hecho lo suyo.
Marchita despertó al costado del camino. Mareada, con la extraña sensación de que ella pertenecía a uno de esos árboles que se alzaban detrás. Árboles que ahora formaban un bosque cerrado, una pared oscura. El viento la arrastró por el frío asfalto, alejándola de su origen. Fue a parar al jardín de un kindergarten. Ahí, una niña recogió a Marchita y la usó en un decorado: la pegó con cinta a un palo seco, el que era parte de una escenografía para recrear el otoño. Entonces, Marchita, agradecida, pensó: “Por fin estoy en casa”.

